Las fronteras, de Carolina Sarmiento: La última línea que no se puede cruzar
Hay una decisión que solo puede tomar una civilización que ha llegado hasta el fondo: sacrificar la mitad del mundo para salvar la otra mitad. No metafóricamente. De verdad. Despoblar continentes, correr una línea en el mapa y decretar que al otro lado ya no hay lugar para los humanos, que la naturaleza necesita ese territorio de vuelta y que nosotros, sencillamente, no podemos seguir estando en todas partes. Esa es la premisa de Las fronteras (Siruela, 2026), la tercera novela de Carolina Sarmiento, y es una premisa que cabe en cuatro líneas pero que abre un pozo de consecuencias morales que la novela no tiene ninguna prisa por cerrar.
La historia transcurre en las veinticuatro horas de una jornada decisiva. Un guarda vigila el territorio de frontera: esa franja provisional donde la civilización retrocede y la naturaleza avanza, donde los últimos habitantes todavía no han terminado de marcharse y los primeros animales libres ya están llegando. Su trabajo es hacer que la transición sea pacífica, que nadie cruce en ninguna dirección, que el orden se mantenga aunque el orden de que se trata sea el más extraño que haya existido: el orden del abandono. Durante esas horas, algo se rompe. Un robo inexplicable. Un caballo de sueño que galopa donde no debería. Y personas que insisten en cruzar la línea, porque hay personas que siempre insisten en cruzar las líneas que otros trazan.
Sarmiento construye la novela en ciento treinta y seis páginas, que es exactamente la extensión que necesita. No hay página de más. Esa brevedad no es austeridad de principiante sino decisión de escritora que sabe que la presión narrativa aumenta cuando el espacio se contrae, que la distopía funciona mejor cuando el mundo inventado se entrega en fragmentos selectivos y no en enciclopedia. La crítica ha señalado que Las fronteras mezcla eco-thriller, distopía y western fronterizo con una naturalidad que sorprende, porque esos tres géneros tienen ritmos distintos y exigen tonos distintos, y Sarmiento los hace convivir sin que ninguno fagocite a los otros. El western en particular no es un adorno: la frontera como territorio moral, la figura del guarda como el último sherif de un mundo en extinción, el caballo como símbolo de lo que no se domestica del todo, son elementos que tienen su genealogía y que Sarmiento utiliza con plena conciencia de a qué tradición se está incorporando.
El personaje central ha vivido guerras. Sarmiento lo presenta como alguien deshumanizado por la acumulación de historia y de violencia, pero sobre el que también hay luz, matiza la autora. Esa tensión —el hombre que ha aprendido a no sentir demasiado para poder funcionar, pero en cuya eficiencia todavía palpita algo reconocible como humanidad— es el eje emocional de la novela. No el apocalipsis climático, que es el decorado, sino este hombre concreto que se pregunta en silencio qué memoria deja el ser humano cuando se marcha, qué huella, qué mensaje para una posteridad que ya no le pertenece. La pregunta es vieja. El escenario es nuevo. Esa combinación es lo que hace que la novela funcione como algo más que una distopía de tema.
Babelia la incluyó entre los veinticinco libros más esperados de marzo sin duda por méritos propios, y Julio Llamazares —un escritor que sabe de fronteras y de territorios abandonados como pocos en este país— le prestó su frase más citada: «quien vive en la frontera tiene dos patrias y ninguna». Eso, viniendo de Llamazares, no es elogio de cortesía. Es reconocimiento de una voz que trabaja el mismo territorio —literalmente y en sentido figurado— que él ha trabajado durante décadas, y que llega a él desde otro ángulo, más frío, más especulativo, menos elegíaco.
Sarmiento (Oviedo, 1981) lleva años construyendo una obra que transita géneros y formas con una coherencia temática reconocible: la precariedad de los vínculos, los cuerpos que resisten sistemas que los aplastan, la mirada sobre lo que ocurre en los márgenes. Con Las fronteras da el salto definitivo a un catálogo de primer nivel —Siruela— y a un proyecto narrativo que exige al lector y le devuelve con creces lo que le pide. Que la editorial describa su prosa como que «baila en la frontera como los antiguos bailaban en las cuevas» no es publicidad. Es una forma bastante exacta de definir lo que ocurre en estas páginas: algo primitivo, rítmico y sin adornos superfluos que funciona porque viene de un sitio verdadero.








