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El 16 de marzo que no caduca: 120 años de Ayala y 86 sin Lagerlöf

120 años sin poder decir que ya le habíamos leído del todo

Hay escritores que envejecen bien y escritores que envejecen mejor cuanto más tiempo pasa sin que nadie les haga caso oficial. Francisco Ayala pertenece al segundo grupo. El 16 de marzo de 2026 se cumplen ciento veinte años de su nacimiento en Granada, y la cifra, tan redonda, tan propicia para los discursos y los programas de actos institucionales, sirve sobre todo para constatar que seguimos leyéndole poco y citándole demasiado.

Ayala nació en 1906, sobrevivió a una guerra civil, al exilio, al olvido administrado desde arriba y al redescubrimiento tardío que en este país suele llegar cuando ya no hay tiempo de molestar a nadie. Vivió ciento tres años, lo que significa que pudo ver cómo su obra quedaba enterrada bajo capas sucesivas de consenso, modas y silencios estratégicos. Fue Premio Cervantes en 1991, lo que en la práctica equivale a ser canonizado en vida: mucha reverencia, poca lectura.

Muertes de perro, publicada en 1958, sigue siendo su novela más incómoda. Ambientada en una república latinoamericana imaginaria que cualquier lector con dos dedos de frente reconoce sin esfuerzo, la historia desmenuza los engranajes de una dictadura desde dentro: cómo se instala, cómo se mantiene, cómo recluta cómplices y cómo destruye a quienes no saben o no quieren doblar el espinazo. Pero lo que hace verdaderamente peligroso el libro no es el retrato del dictador ni de sus esbirros, sino el de la sociedad que los tolera. Esa es la tesis que Ayala sostiene sin concesiones y sin anestesia: el problema no es solo el tirano, sino la muchedumbre silenciosa que lo hace posible. Ciento veinte años después de su nacimiento, la pregunta sigue siendo la misma.

El mismo día en que se cumple ese aniversario, el 16 de marzo, hace ochenta y seis años que murió en Mårbacka, Suecia, Selma Lagerlöf. Murió en su casa, la misma casa familiar donde había nacido en 1858, la que perdió de joven y recuperó con el dinero del Nobel. Tenía ochenta y un años y había pasado sus últimas semanas organizando ayuda humanitaria para los refugiados fineses arrasados por la guerra soviética. Murió, literalmente, trabajando contra la barbarie.

Lagerlöf fue la primera mujer en recibir el Premio Nobel de Literatura, en 1909. Antes de ella, dos mujeres habían ganado un Nobel: Marie Curie en Física y Bertha von Suttner en la categoría de la Paz. Que la tercera fuera una maestra sueca que escribía sobre paisajes rurales, leyendas populares y un niño convertido en duende para volar sobre el lomo de un ganso resultaba, para los cánones de la época, una rareza difícil de digerir. La Academia, acostumbrada a premiar a hombres graves con obras graves, tomó aquella decisión y luego tardó décadas en volver a premiar a una mujer. El recorrido posterior del Nobel de Literatura en materia de paridad es una historia que no conviene revisar si uno quiere mantener el respeto por las instituciones.

Lo que une a Ayala y a Lagerlöf, más allá de compartir fecha en el calendario, es una convicción literaria que hoy resulta casi subversiva: la de que la ficción tiene la obligación moral de mirar a la cara lo que la sociedad prefiere no ver. Ayala lo hace con la distancia irónica del jurista que conoce los mecanismos del poder y sabe que la ley puede ser tanto un escudo como un garrote. Lagerlöf lo hace con la aparente inocencia de los cuentos de tradición oral, donde la crueldad, la injusticia y la codicia aparecen con nombres de animales o de elfos para que el lector baje la guardia antes de recibir el golpe. Dos procedimientos distintos, una misma exigencia: que la literatura no mienta.

Ciento veinte años del nacimiento de Ayala y ochenta y seis de la muerte de Lagerlöf. Dos números que no dicen nada por sí solos, pero que sirven para recordar que hay libros escritos hace décadas que describen el presente con más precisión que la mayor parte de lo que se publica hoy. Muertes de perro es uno de ellos. El viaje de Nils Holgersson también, aunque haya que quitarle el polvo escolar antes de leerlo como lo que es: una lección de geografía moral que no tiene fecha de caducidad. El 16 de marzo es, entre otras cosas, una buena excusa para abrir esos libros y constatar que los dos autores, cada uno a su manera, nos llevan ventaja.

 

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