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El príncipe cruel de Holly Black. Todo lo que Jude está dispuesta a hacer por pertenecer

Todo lo que Jude está dispuesta a hacer por pertenecer

Hay libros de fantasía juvenil que empiezan con una fiesta y un vestido bonito y hay otros que comienzan con un asesinato en salón comedor y tres niñas que reciben la noticia de que, en realidad, no eran de allí. El príncipe cruel, primer volumen de la trilogía Los habitantes del aire de Holly Black, arranca con Madoc entrando en la casa de Jude, matando a sus padres delante de ella y llevándosela, junto a sus hermanas, al Reino Feérico para criarlas como hijas suyas. Ese arranque, de una violencia seca, es importante porque define todo lo que viene después: Jude llega a Faerie no como elegida, sino como botín de guerra, y lo que el libro cuenta es cómo una humana corriente se empeña en hacerse un sitio en la corte más peligrosa que uno pueda imaginar.

Diez años después de esa noche, Jude ya es una adolescente que ha crecido en la Corte Suprema, entrenando con espada, yendo a clases con hijos de nobles feéricos que la miran por encima del hombro y soportando humillaciones diarias de gente que puede matarla con la misma naturalidad con la que otros cambian de camiseta. Su hermana gemela, Taryn, intenta integrarse por la vía suave, adaptándose a las reglas del juego, soñando con casarse bien; la mayor, Vivi, medio hada y medio humana, directamente odia ese mundo y suspira por volver al nuestro. Jude, en cambio, solo quiere una cosa: pertenecer. No quiere estar de paso, ni ser la rareza simpática; quiere un lugar en la élite militar de la corte, ser caballero, mandar. El problema es que Faerie es preciosa y cruel a la vez, y a nadie le apetece que una mortal se siente en la misma mesa que quienes pueden vivir siglos.

El centro de esa crueldad, al menos al principio, se llama Cardan: príncipe menor, hijo más joven del Alto Rey, guapo hasta el insulto, malcriado, con ese aire de chico que nunca ha oído un “no” y que conoce muy bien el efecto que tiene sobre los demás. Cardan y su pequeño grupo de amigos convierten el desprecio a Jude en deporte: la humillan en público, la someten a bromas pesadas, la empujan una y otra vez a recordar que, por mucha espada que empuñe, sigue siendo mortal. Lo interesante del libro es que no se queda en la fantasía del instituto disfrazado de corte feérica; las humillaciones tienen consecuencias físicas, la violencia no se maquilla, y Black se preocupa de mostrar cómo ese acoso constante va fabricando en Jude una mezcla curiosa de miedo y obstinación, de rabia y deseo de demostrar que ellos no son mejores que ella.

A partir de ahí, la novela se mueve en dos frentes. El visible: Jude decide no agachar la cabeza, se presenta a las pruebas para convertirse en caballero, desafía a Cardan más de la cuenta y acaba convertida en una especie de pieza incómoda de la que no se sabe muy bien qué hacer. El subterráneo: los distintos príncipes que optan al trono del Alto Rey se enzarzan en un juego de intrigas, alianzas y traiciones que desemboca en un baño de sangre el día de la coronación, con un hermano, Balekin, dispuesto a matar a toda la familia para quedarse con la corona y un secreto escondido en la figura de Oak, el niño al que Jude y sus hermanas han criado casi como un hermano pequeño. Jude se ve arrastrada a ese segundo frente cuando acepta trabajar como espía para uno de los candidatos al trono y empieza a descubrir que tiene talento para mentir, manipular y mover piezas en la sombra.

El libro funciona, sobre todo, como una novela de aprendizaje torcido. Jude aprende que el poder en Faerie no es la espada brillante ni el baile de corte, sino la información, el chantaje, los pactos que se firman con sangre, las promesas que no se pueden romper sin pagar un precio. Aprende también que, en ese tablero, su condición de humana no es solo un lastre: la hace menos vulnerable a ciertos hechizos, le permite ver detalles que los demás pasan por alto y la obliga a planear mejor cada movimiento. En el proceso, la relación con Cardan se complica: del odio frontal se pasa a una especie de tregua incómoda, a una alianza forzada cuando él se convierte en ficha necesaria para que el reino no caiga en manos peores, y ahí aparecen las primeras grietas de un vínculo que mezcla orgullo, atracción y ganas de tener la última palabra.

Uno puede leer El príncipe cruel como un simple arranque de trilogía de hadas oscuras y corte retorcida, y quedarse en eso: el mundo es sugerente, los personajes tienen ese punto de exceso que pide el género, las escenas de intriga y violencia se suceden a buen ritmo y el final deja el escenario preparado para las secuelas. Pero también se puede leer como la historia de una chica que ha crecido en casa ajena y decide que, si el mundo va a ser así de brutal, prefiere aprender las reglas y usarlas a su favor antes que quedarse en un rincón esperando a que la maten de forma educada. En ese sentido, Holly Black toca un nervio bastante generacional: la sensación de no pertenecer del todo a ningún sitio y la tentación de pensar que la solución pasa por aspirar al poder, aunque eso implique, a veces, parecerse demasiado a quienes te hicieron daño.

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