La novela que nos mira mientras miramos otra parte
Hay libros que se anuncian como thrillers de espionaje y, al cabo de unas páginas, uno entiende que la trama de agentes y contraagentes es solo el pretexto para hablar de algo más hondo: quién mira a quién en esta época en la que todo parece ser observado, registrado, monetizado. Te siguen, la nueva novela de Belén Gopegui publicada por Random House en 2025, es exactamente eso: una historia de espías sin glamour, de empresas de datos sin romanticismo tecnológico, que se atreve a hacer visible el régimen de vigilancia en que vivimos y a preguntarse qué queda, aún, fuera de su alcance.
El punto de partida es preciso y engañosamente sencillo. León no es un espía con licencia para matar, sino un empleado de una de esas compañías dedicadas a escrutar la vida de los demás cruzando datos, rastros digitales, hábitos de consumo. Su misión consiste en observar a Jonás, un tendero que decidió abandonar un empleo bien remunerado como ingeniero para trabajar cara al público, y a Casilda, activista de un grupo clandestino que organiza acciones de protesta y desobediencia frente a las grandes corporaciones y al poder político. Ambos, por diferentes motivos, viven en los márgenes de la cultura de la hiperconexión: tienen menos huella digital de la que el sistema considera normal, se resisten a la transparencia forzosa que alimenta algoritmos y balances de resultados.
La observación, sin embargo, no es unidireccional. Mientras León cumple su encargo, Minerva —directiva de una empresa rival, con más poder y más recursos— recibe la orden de vigilarlo a él, de seguir sus pasos, intervenir su trabajo, apropiarse de sus hallazgos. Se dibuja así una cadena de miradas que se encabalgan: los activistas que tratan de eludir el control; el espía que los sigue; la espía que vigila al espía; y por encima de todos, una multinacional aún mayor, también atenta, que aspira a comprar, absorber, controlar a las piezas anteriores. Gopegui convierte ese dispositivo en una especie de laboratorio narrativo donde se cruzan informes de empresa, diarios personales, monólogos interiores y fragmentos analíticos, de forma que la propia estructura del libro reproduce el mosaico de registros y voces con que hoy se construye —o se vacía— la experiencia.
En el núcleo de la novela late una pregunta sencilla de formular y difícil de responder: por qué todavía hay personas que no se resignan, que se empeñan en no vivir como les dicen que deben vivir. Las pesquisas de León y Minerva no buscan solo un posible delito o una trama subversiva concreta; tratan de descifrar el origen de esa obstinación, de esa disidencia que no se deja reducir a un patrón de consumo ni a un perfil estadístico. Casilda y Jonás, los espiados, se conocen, se enamoran, se equivocan, participan en acciones de activismo que van desde intervenciones simbólicas —un mensaje escondido en las cajas de comida de un avión, una campaña inesperada que desvela los daños de una empresa respetable— hasta operaciones de mayor riesgo que cuestionan, aunque sea de forma mínima, la impunidad de los poderosos.
Lo que podría ser una simple fábula anticapitalista se complica porque la novela no renuncia a mostrar la fragilidad de todos. León y Minerva, al tiempo que vigilan a otros, arrastran sus propias vidas sentimentales fallidas, parejas que se resquebrajan, soledades que no se colman con la satisfacción profesional ni con el sueldo que reciben por alimentar la voracidad de los algoritmos. La relación entre lo que hacen en su trabajo —la tarea de “desposeer” a otros de su privacidad, de su derecho a un espacio propio— y lo que sucede en sus casas, en sus camas, en sus conversaciones nocturnas, aparece de forma oblicua pero constante: la vigilancia como oficio termina erosionando también la posibilidad de intimidad de quienes la ejercen.
Te siguen es, en este sentido, una novela de ideas que se niega a desprenderse de la carne. Habla de vigilancia masiva, sí; de la captura sistemática de datos, de la manipulación sutil que ejerce la publicidad personalizada, de la facilidad con que se puede arruinar la reputación de alguien en el espacio público digital. Pero al mismo tiempo se ocupa de los afectos, de los cuerpos que se cansan, de las pérdidas, de los duelos, de ese sedimento de emociones que se sitúa por debajo de las consignas políticas, como una corriente subterránea que da sentido —o se lo quita— a lo que hacemos. Casilda y Jonás no son figuras ejemplares de un panfleto: dudan, temen, a veces se contradicen; los espías no son máquinas sin fisuras; y hasta los ejecutivos que aparecen en los informes tienen gestos de vulnerabilidad que los sacan, por momentos, del estereotipo.
Uno de los aciertos formales de la novela es el uso del relato polifónico. Gopegui combina distintas voces y materiales —pensamientos, informes empresariales, notas de estrategias, fragmentos casi ensayísticos— de manera que el lector no recibe la historia en línea recta, sino a través de un puzle que exige atención y, a cambio, ofrece una comprensión más compleja del sistema que describe. Esa elección está en sintonía con la idea de que vivimos rodeados de discursos, de narraciones oficiales y subterráneas, y que solo una mirada crítica, capaz de entrecruzarlas, puede aspirar a entender algo del presente. El resultado no es un experimento hermético, sino una novela que pide tiempo y se resiste a la lectura apresurada, lo cual, en un texto que denuncia la aceleración constante de nuestras vidas, tiene algo de gesto coherente.
¿De qué habla, en última instancia, Te siguen? Domingo Ródenas lo formulaba en Babelia como una novela sobre el “robo de la privacidad”, sobre el “despojamiento” permanente al que estamos sometidos; esa definición apunta al corazón del libro, pero conviene añadir algo más. La novela no se limita a describir la vigilancia; intenta también imaginar las formas, siempre vulnerables, en que todavía es posible articular una resistencia, un “no” que no pase necesariamente por el heroísmo individual, sino por el trabajo colectivo, por la organización de “recalcitrantes”, como ha señalado alguna crítica atenta. No es casual que aparezcan periodistas obligados a decidir si ceden a las presiones o informan de lo que han visto, ni que los actos de insumisión sean tantas veces creativos, casi poéticos, como si la imaginación fuera una de las últimas defensas frente al control total.
Hay libros que se agotan en la anécdota, por bien construida que esté; otros aspiran a pensar el mundo sin renunciar a contar una historia. Te siguen pertenece a estos últimos. Obliga a preguntarse no solo quién nos sigue, quién nos observa, sino qué estamos dispuestos a defender de nuestra vida —y de la vida común— cuando el precio de la comodidad es aceptar que todo, incluso lo que creemos más íntimo, puede convertirse en dato, en mercancía, en argumento de venta.









