La institutriz que masacró la Navidad victoriana y conquistó el mercado americano
Virginia Feito ha vuelto a publicar en febrero de 2025 y esta vez ha decidido que si en La señora March nos regaló una ama de casa impecable al borde del colapso, en Victorian Psycho nos iba a dar una institutriz psicópata sin filtros que convierte las doce noches de Navidad en una matanza sistemática de todos los habitantes de Ensor House. La novela ha sido seleccionada por The New York Times Book Review como una de las mejores del año, distinción que comparte con La muerte me da de Cristina Rivera Garza, lo que sitúa a Feito en el mapa internacional de forma inmediata y confirma que su debut no fue casualidad. Ya hay adaptación cinematográfica en marcha con A24, la productora fetiche del cine de autor, y Margaret Qualley encabezando el reparto, así que la proyección de este libro está garantizada más allá de lo literario.
Winifred Notty, que prefiere que la llamen Fred porque dice que es el nombre que su demonio interior exige, llega a Ensor House justo antes de Navidad para hacerse cargo de Drusilla y Andrew, los niños de la familia Pounds. Desde la primera página queda claro que esta no es una institutriz como las demás: tiene pensamientos intrusivos violentos, fantasea con degollar a quien se le cruza, sufre de una relación inquietantemente casual con la violencia y posiblemente padezca insensibilidad congénita al dolor, lo que hace que su umbral para infligir daño sea prácticamente inexistente. Feito nos mete en su cabeza y nos obliga a escuchar todo lo que piensa, que no es poco ni es agradable. Winifred es escatológica, sexual, malhablada, cruel con una frialdad que desconcierta, y no tarda en pasar de los pensamientos a la acción.
La novela no tiene nada de victoriana salvo el título y el decorado. La ambientación histórica es mínima, casi un telón de fondo que Feito usa para contrastar la represión de la época con los impulsos brutales de su protagonista. Lo que funciona aquí no es el rigor histórico sino el contraste grotesco entre las buenas maneras de salón, el té de las cinco, la Navidad familiar perfecta, y los pensamientos aberrantes de una mujer que cuenta a los niños historias de terror más brutales que las de los hermanos Grimm y que probablemente no está bromeando cuando dice que viene de un lugar donde se comen a los niños. Feito construye a Winifred como un monstruo fabricado por las circunstancias: madre psicológicamente dañada que intentó matarla, infancia marcada por el abandono y la violencia, trabajos anteriores en otras casas que terminaron mal, muy mal. Pero la autora también juega con la ambigüedad: no sabemos si la locura es producto de la represión social y los traumas infantiles o si simplemente es algo mucho más profundo, irremediable, innato.
El tono de la novela es lo que la sostiene. Feito escribe con humor negro, con una ironía satírica que convierte cada escena repulsiva en algo curiosamente elegante. Los críticos anglosajones han comparado el libro con American Psycho de Bret Easton Ellis pero en versión femenina y victoriana, también con Fleabag por la capacidad de Winifred de hablarnos directamente con un descaro que resulta adictivo. La prosa es sobria pero reluciente, cada detalle repugnante está contado de manera que suena casi razonable, y eso es lo que hace que el libro funcione: te encuentras empatizando con una psicópata porque su voz es tan inteligente, tan mordaz, tan lúcida en su locura que acabas pensando que tal vez los que la rodean se merecen lo que les pasa.
Los capítulos son cortos, con títulos largos que anticipan lo que va a suceder y que mantienen la tensión constante. El ritmo no decae porque Feito sabe dosificar la violencia, el humor y las revelaciones sobre el pasado de Winifred. Hay quien ha dicho que el personaje resulta extremo, inverosímil, que sus actos son tan exagerados que cuesta creerlos. Y tienen razón, pero esa es precisamente la gracia: Winifred no es un personaje realista, es una criatura de slasher, un monstruo pulp al que hay que aceptar bajo las convenciones del género, como aceptamos a Jason Voorhees o a Freddy Kruger. Feito no pretende que nos la tomemos del todo en serio, aunque sí quiere que nos divirtamos con ella y que de paso reflexionemos sobre la violencia, el deseo reprimido, las estructuras de poder victorianas que aplastaban a las mujeres y cómo esa represión puede convertirse en algo monstruoso.
Victorian Psycho no es gran literatura, nadie va a sostener que esta novela tiene la profundidad psicológica de Dostoievski o la complejidad estructural de Woolf. Pero es entretenimiento de primera categoría, un festín de humor y perversión que Virginia Feito ha sabido construir con astucia y desparpajo. La autora madrileña, que se mudó a Estados Unidos y escribe en inglés, ha demostrado con este segundo libro que su debut no fue un golpe de suerte y que sabe exactamente qué tipo de monstruos le interesan: mujeres al borde, mujeres rotas, mujeres que explotan de formas impredecibles. Si en La señora March era la paranoia y la inseguridad lo que destruía a la protagonista, aquí es la violencia sin remordimientos, la psicopatía sin complejos, la crueldad elevada a arte.
The New Yorker ha dicho que la narración de Winifred, aunque sombría, reluce. Kirkus Reviews ha señalado que Feito desnuda las contradicciones de la sociedad victoriana, sus luchas de poder y su oscuridad oculta con un retrato sin complejos de una psicópata a sangre fría. Y lectores en Goodreads coinciden en que el libro es perturbador, divertido, grotesco, adictivo, que no es para estómagos sensibles pero que resulta imposible de soltar. Winifred Notty es la antiheroína que este siglo se merece, dice una reseña, y tal vez sea cierto. En tiempos donde las protagonistas femeninas siguen siendo mayoritariamente víctimas o heroínas sacrificadas, Feito nos regala una mujer que es pura maldad, puro instinto destructivo, y que además tiene el descaro de contárnoslo con gracia. Victorian Psycho es literatura de género hecha con inteligencia, un libro que sabe lo que es y que no pretende ser otra cosa, y eso ya es suficiente mérito en un mercado saturado de novelas que prometen profundidad y solo entregan lugares comunes.









