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Tal día como hoy hace ciento cincuenta y cinco años, el 22 de diciembre de 1870, Gustavo Adolfo Bécquer murió de tuberculosis en Madrid.

Bécquer o el placer culpable de los sentimientos

Tal día como hoy hace ciento cincuenta y cinco años, el 22 de diciembre de 1870, Gustavo Adolfo Bécquer murió de tuberculosis en Madrid. Tenía treinta y cuatro años, una vida truncada y una obra que nadie en su momento consideró relevante. La enfermedad lo había tenido nueve meses en cama en 1858, cuidado por su hermano Valeriano. Doce años después, la tuberculosis volvió a buscarlo y se lo llevó. El día de su muerte hubo lluvias torrenciales en Madrid y después una nevada. En Sevilla, su ciudad natal, se produjo un eclipse total de sol. Las coincidencias cósmicas parecen inventadas para un poeta romántico, pero son reales.

«Rimas y leyendas» se publicó póstumamente gracias a los amigos que rescataron los manuscritos. Bécquer había perdido el original de las «Rimas» durante la revolución de 1868 y tuvo que reescribirlo de memoria. Esa versión manuscrita, recuperada por otros, es la que llegó a las generaciones siguientes convertida en manual de educación sentimental. Durante décadas, millones de adolescentes españoles memorizaron «volverán las oscuras golondrinas» sin saber que estaban recitando versos escritos por un hombre enfermo, pobre y fracasado que murió sin reconocimiento.

Las «Rimas» tratan tres temas recurrentes: el amor, la poesía y la muerte. El amor como concepto platónico e idealizado, la poesía como ente vivo que existe más allá del poeta, la muerte como tormento existencial. Bécquer exploró el amor desde todas las perspectivas posibles: el idealizado, el correspondido, el perdido, el desamor. Convirtió el amor en una fuerza trascendental capaz de elevar el espíritu pero también de destruirlo. Sus poemas muestran el amor como algo sublime e inalcanzable, condenado a desaparecer dejando solo recuerdo y melancolía. No hay ironía en Bécquer, no hay distancia, no hay pudor. Es todo emoción descarnada, todo sentimiento expuesto sin red de protección.

Eso explica por qué «Rimas y leyendas» sigue siendo un placer culpable para muchos lectores adultos que lo menosprecian en público y lo releen en privado. La cultura contemporánea desconfía de los sentimientos expresados sin filtro. El cinismo es la pose predeterminada, la emoción directa resulta vergonzante. Bécquer escribió sin cinismo, sin pose, sin vergüenza. Sus versos son de una vulnerabilidad insoportable para quien valora la ironía como mecanismo de defensa. Por eso funcionan: porque no mienten sobre lo que duele.

Las «Rimas» construyen un catálogo de mujeres idealizadas, inaccesibles, etéreas. La rima XI presenta tres mujeres: la realista, la apasionada y la ideal, siendo la última el amor imposible elegido por el poeta. Esa elección del amor imposible como único amor digno de ser cantado define el proyecto estético de Bécquer y también su límite. El poeta romántico necesita el sufrimiento como combustible. El amor realizado no genera poesía; el amor frustrado la justifica.

Las «Leyendas» exploran lo sobrenatural, las ruinas, la muerte, el misterio. Son relatos góticos ambientados en espacios oscuros donde lo imposible sucede sin necesidad de explicación racional. Bécquer publicó su primera leyenda, «El caudillo de las manos rojas», durante la convalecencia de 1858. El género le permitía trabajar con el mismo material emocional de las «Rimas» pero desplegado en narrativa: el deseo imposible, la belleza destructiva, la muerte como único final posible para el amor verdadero.

Hoy, ciento cincuenta y cinco años después de su muerte, Bécquer sigue siendo el poeta de los dieciséis años. Se le lee en el instituto, se le memoriza, se le cita en declaraciones de amor adolescente. Después se le abandona como algo superado, infantil, excesivo. Pero vuelve. Vuelve cuando el dolor es real y las palabras contemporáneas resultan insuficientes. Vuelve porque nadie después de él ha sabido escribir el sufrimiento amoroso con esa combinación de precisión técnica y desnudez emocional. Las «Rimas» no son grandes poemas en términos de complejidad formal o innovación lingüística. Son otra cosa: el registro exacto de cómo duele amar cuando el amor no salva.

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