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AFANES SIN PROVECHO de Lorenzo Silva. Cuarenta años de escribir para nada y para todo

Cuarenta años de escribir para nada y para todo

Lorenzo Silva publica Afanes sin provecho y el título ya lo dice todo, aunque convenga desconfiar de esa aparente modestia. Son veinticinco relatos escritos entre 1984 y 2024, cuarenta años de oficio disperso en textos que no cabían en ninguna parte y que ahora Destino recoge en un volumen que funciona como autobiografía encubierta, diario fragmentado, cuaderno de bitácora de una carrera literaria sostenida con más tesón que glamur. Silva es de esos escritores que construyen su obra a contracorriente, sin aspavientos ni revoluciones formales, pero con una consistencia que obliga a tomárselo en serio aunque el mercado prefiera otras músicas.

El libro abre con un relato escrito a los dieciocho años, cuando cursaba primero de Derecho y cumplía el servicio militar obligatorio. Se titula Boceto de muchacha al atardecer, nunca antes publicado, y ahí ya está todo lo que vendría después: la mirada atenta, el pulso narrativo seguro, la capacidad para observar sin juzgar. En el otro extremo temporal están los textos fechados en 2024, lo que convierte este volumen en un recorrido que abarca prácticamente toda la vida adulta del autor. Entre medias caben ficciones históricas, contemporáneas, relatos de género negro, experimentaciones formales y —esto es lo más insólito en la trayectoria de Silva— cuatro textos autobiográficos donde el autor se desnuda sin pudor ni concesiones.

Esos cuatro relatos autobiográficos son el núcleo duro del libro, la parte que justifica su publicación más allá del mero ejercicio recopilatorio. Silva habla de su historia de amor con Noemí Trujillo, su pareja y coautora de varias novelas, y lo hace desde una sinceridad que no busca la complicidad fácil del lector sino el registro honesto de lo vivido. Hay también una carta de amor a la luz de Madrid, descubierta cuando regresó a la capital tras siete años viviendo fuera, y en ese texto breve se condensa toda una forma de entender la pertenencia sin caer en la nostalgia. Son textos cortos, de longitud casi telegráfica, pero con el peso específico de quien sabe que lo importante no se cuenta en páginas sino en intensidad.

El resto del volumen recorre todos los universos literarios de Silva sin pretender cerrar nada ni sentar cátedra sobre su propia obra. Hay relatos que dialogan directamente con sus novelas más conocidas, otros que exploran territorios que el autor nunca llegó a desarrollar en formato largo, y algunos que prueban nuevas formas de narrar, como El verdadero crimen perfecto, donde arranca la historia por el final y cambia la voz narradora introduciendo una segunda persona que altera el juego de complicidades con el lector. Silva sabe que el relato es un género que permite riesgos que la novela comercial no admite, y aquí los asume sin aspavientos pero sin retroceder.

Lo que más vale de este libro es que no se vende como testamento ni como obra definitiva, sino como lo que es: un conjunto de textos escritos sin más pretensión que la de habitar la vida desde la literatura y observarla desde ahí. El título viene de un verso de Quevedo, y la elección no es casual: Silva pertenece a esa estirpe de escritores que entienden la literatura como un oficio artesanal, sin grandilocuencia ni poses de artista maldito, pero con la convicción de que ese afán sin provecho inmediato es lo único que justifica seguir escribiendo cuando todo empuja a la repetición o al silencio. No es un libro para quien busque sorpresas ni giros inesperados en la trayectoria de un autor ya consolidado, pero sí para quien quiera entender cómo se construye una obra literaria a lo largo de cuatro décadas sin renunciar a la coherencia ni caer en la autocomplacencia.

Destino publica este volumen en un momento en que Silva sigue siendo uno de los autores más respetados y vendidos del país, con una obra que incluye desde la exitosa serie de Bevilacqua y Chamorro hasta libros de viajes, ensayos y novelas que han recibido premios mayores como el Nadal o el Planeta. Afanes sin provecho no añade títulos a ese palmarés pero sí humaniza una trayectoria que a veces se percibe desde fuera como demasiado prolífica o demasiado profesional, en el peor sentido de ambos términos. Aquí Silva demuestra que la escritura no es solo el resultado visible de las novelas publicadas sino también todo lo que queda en los cajones, lo que se escribe sin saber para qué, lo que no encaja en ningún proyecto editorial pero forma parte indisociable de una vida dedicada a contar historias. Al final, como recuerda el propio título, lo verdaderamente valioso está en ese afán sin provecho que llamamos literatura, y este libro es una prueba fehaciente de que Silva lo ha entendido así desde que tenía dieciocho años y escribía su primer relato en un cuartel.

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