Cuando el amor habla con los muertos
Nicholas Sparks llega con algo que no esperábamos de él. Ya lo sabemos, lleva décadas tejiendo historias donde el amor lo vence todo, donde los hombres miran al horizonte con melancolía y las mujeres encuentran cartas escondidas que justifican el pasado. Pero esta vez se le ocurrió que ya no bastaba con que dos personas se miraran y se reconocieran en la vida, sino que decidió saltarse esa pequeña frontera entre el aquí y el más allá. «Nunca olvides que te quiero», publicado por Roca, es ese tipo de libro que te hace preguntarte si el autor tomó muchas infusiones antes de escribirlo o si simplemente decidió que era hora de probar qué pasaba si mezclaba el romanticismo con un toque de espiritismo de salón.
La historia pone en el centro a Tate Donovan, arquitecto neoyorquino al que la vida le ha pegado un buen golpe. La muerte de su hermana Sylvia no solo lo deja hundido sino que, encima, antes de partir ella le confiesa que veía fantasmas, como si una no tuviese ya bastante con morirse. Tate pasa meses en una clínica psiquiátrica intentando recomponerse y luego se va a Cape Cod a diseñar la casa de un amigo, con la esperanza de que el mar y la distancia lo saquen del agujero. Claro que lo último que espera es enamorarse de Wren, que resulta ser un fantasma, la antigua dueña de la casa donde se aloja. Así, sin avisar, la novela se vuelve una reflexión sobre si uno puede amar a alguien que ya no respira, y si eso tiene más sentido que muchas relaciones entre vivos que conocemos.
Lo interesante aquí es que Sparks no hace de esto un espectáculo paranormal al estilo de las películas que uno ve a medianoche. No hay sustos ni puertas que se cierran solas. Lo que hay es una conexión emocional que se presenta desde el primer encuentro entre Tate y Wren, algo que ninguno de los dos ha sentido antes, y eso incluye a ella que está, digamos, técnicamente fuera de servicio. La pregunta que plantea el libro no es tanto si los fantasmas existen, sino si el amor puede funcionar cuando una de las partes ya no está sujeta a las reglas del mundo físico. Y si para liberar a alguien hay que remover toda la tierra de su pasado, aunque eso te obligue a cuestionar las historias que te contaste a ti mismo para sobrevivir.
El libro nació de una colaboración extraña con M. Night Shyamalan, el director de «El sexto sentido». Él escribió el guion de una película y Sparks aceptó escribir una novela a partir de esa historia, pero cada uno por su lado, sin mirarse el trabajo. Algo así como dos artistas componiendo la misma canción en habitaciones separadas. Eso explica por qué la novela tiene un aire cinematográfico pero también una hondura emocional que solo se consigue cuando uno se toma en serio lo que significa perder a alguien y seguir buscándolo en cada rincón de la memoria.
Sparks sigue siendo Sparks, con todo lo que eso implica. Sus personajes hablan como si estuvieran en una película de los noventa y a veces uno tiene la impresión de que les falta un poco de sal, de aspereza real. Pero en esta ocasión, al meter lo sobrenatural en la mezcla, consigue que el lector se pregunte cosas que van más allá del típico «¿se quedarán juntos?». Porque aquí la pregunta es más bien «¿pueden quedarse juntos si una de las dos personas ya no tiene cuerpo?». Y eso, aunque suene raro, le da al libro una dimensión distinta, más cercana al duelo que al romance de manual.
La novela funciona mejor cuando se permite ser vulnerable que cuando intenta convencernos de que los fantasmas tienen una lógica. Tate, con su depresión a cuestas y su resistencia a creer en nada que no pueda tocarse, es el tipo de protagonista con el que una puede identificarse aunque no crea en aparecidos. Y Wren, atrapada entre dos mundos, no es solo un recurso narrativo sino alguien que arrastra su propia tragedia y necesita que alguien la mire de verdad, no con pena sino con curiosidad y deseo. Esa tensión entre lo que se puede tocar y lo que solo se puede sentir es donde el libro respira mejor.
No es la mejor novela de Sparks ni la más original del género romántico sobrenatural, pero tiene el mérito de no avergonzarse de lo que es. No pretende ser alta literatura ni disimula su gusto por las frases que suenan bien en voz alta. Lo que hace es plantear una pregunta honesta sobre el amor y la pérdida, y lo hace sin demasiados aspavientos. Para quien busque una lectura que lo distraiga sin insultar su inteligencia, y que además lo haga pensar un poco en qué demonios hacemos cuando alguien se nos va, este libro puede ser una buena compañía. Aunque al final uno cierre la última página y siga sin saber si los fantasmas existen, al menos habrá pasado unas horas con personajes que intentan entender qué significa no soltar lo que ya no está.









