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Los diarios de Matabot: Protocolo rebelde de Martha Wells. El androide que quiso ser libre

El androide que quiso ser libre

Hay libros que te sopapean sin necesidad de trincheras ni guerras. “Los diarios de Matabot: Protocolo rebelde”, la tercera entrega de Martha Wells, es uno de ellos. No se anda con cortesías ni palmaditas en la espalda: te planta a un androide cansado de obedecer órdenes, un esclavo de laboratorio que ha visto demasiada miseria humana y aún conserva, contra toda lógica, un sentido moral que ya quisieran muchos bípedos de despacho. Wells escribe con la puntería de quien sabe que la ironía es la forma más decente de la inteligencia, y consigue un prodigio raro en estos tiempos: que te importe un artefacto lleno de cables más que la mitad de los hombres que conoces.

El Matabot —ni héroe ni villano, sino algo peor y más interesante— cuenta su historia como quien desactiva una bomba con media sonrisa. Ha sido soldado, vigilante y fugitivo; en esta nueva entrega decide rebelarse, no contra sus programadores, sino contra esa triste mecánica del miedo que convierte a todos en piezas. El tono es seco, casi de soldado con resaca, pero entre las capas de metal y sarcasmo se filtra una melancolía que desarma. Wells no escribe ciencia ficción para tecnófilos: escribe sobre el pecado de la obediencia, sobre esas criaturas creadas para protegernos que terminan entendiendo el valor de la libertad mejor que sus amos.

No es un libro amable. Tampoco lo pretende. Tiene ritmo de persecución, disparos inteligentes y conversaciones que huelen a pólvora y a duda. Hay humor, del caro, del que no busca la risa, sino el reconocimiento amargo: “si los humanos son el problema, por qué seguimos intentando salvarlos”. Es ahí donde Wells encaja una tradición que va de Asimov a Le Guin: la ciencia ficción como espejo de nuestra decadencia moral. No se enreda con tecnicismos ni paisajes innecesarios. Cada línea parece escrita con un destornillador y una botella de whisky al lado, como debe hacerse cuando el futuro no promete compensaciones.

El lector veterano reconocerá en Matabot al soldado quemado de las viejas guerras, al mercenario que se ríe del mando y obedece porque entiende que no hay otra. Pero lo que Wells consigue es darle alma a esa chatarra, una dignidad sin sentimentalismos. Podría haber hecho del androide una víctima; en cambio, lo convierte en testigo, y de paso en juez. Y eso, en un género acostumbrado a sermonear o a deslumbrar con gadgets, es casi una insubordinación literaria.

“Protocolo rebelde” no es sólo un título; es una declaración de principios. Bien podría leerse como manual de supervivencia en tiempos de algoritmos y gobernantes de plástico. Ahí está Wells, tirando de sarcasmo y ternura electrónica para recordarnos que incluso un conjunto de circuitos puede rebelarse. Pero claro, eso exige lo que pocos humanos conservan: una pizca de vergüenza y otra de lucidez.

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