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José Félix Olalla, la poesía como forma de permanecer

La muerte de José Félix Olalla deja un silencio particularmente doloroso en la poesía española contemporánea. No solamente desaparece un poeta de obra extensa y coherente, sino uno de esos escritores que entendieron la literatura como una manera de estar en el mundo: discretamente, sin estridencias, con fidelidad a los libros, a los amigos y a una vocación que lo acompañó durante toda su vida.

Nacido en Madrid en 1956, aunque profundamente vinculado por sus raíces familiares a tierras burgalesas y abulenses, José Félix Olalla perteneció a una generación de poetas que comenzó a publicar cuando el panorama lírico español se encontraba en plena transformación. Licenciado en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid, desarrolló paralelamente su actividad profesional y una vocación literaria que nunca fue para él entretenimiento ni adorno, sino una de las líneas esenciales de su existencia.

Su primer libro, Ciudad pasajera, apareció en Barcelona en 1981. Cuatro años después llegaría el título que lo situó definitivamente en el mapa de la poesía española: Doble luna de Marte, publicado en 1985 como número 424 de la histórica colección Adonáis. El libro obtuvo un accésit del Premio Adonáis y terminó incorporándose a la Antología General de Adonáis (1969-1989). Aquello que pudo haber quedado como el éxito temprano de un poeta joven fue, sin embargo, el comienzo de una obra desarrollada con extraordinaria perseverancia.

Después vendrían Los pies del mensajero, En el tiempo interminable, Después de nosotros, Colección particular, Cerca de tu memoria, Los signos del pentagrama, Más amor si más hubiera, Nomenclátor, ¿Quién leerá esto?, Letra de vuelta, Acuarela o La trama del cielo, entre otros títulos. A lo largo de ese recorrido obtuvo numerosos premios y reconocimientos —Mario Ángel Marrodán, Villa de Martorell, Cúllar Vega, Villa de Benasque o Quijote de Plata, entre otros— y uno de sus poemarios, Los pies del mensajero, llegó a ser traducido y publicado en Italia.

Pero reducir a José Félix Olalla a la enumeración de sus libros y premios sería entender solo una parte de su figura. Su verdadera continuidad se encuentra en una determinada concepción de la poesía.

Olalla fue fundamentalmente un poeta de la intimidad y de la conciencia. Su escritura parte con frecuencia de la experiencia personal para avanzar hacia territorios más amplios: la memoria, el amor, el tiempo, la trascendencia, la pérdida, la naturaleza y la inevitable pregunta acerca de qué queda de nosotros. Hay en sus versos una dimensión meditativa y, en ocasiones, claramente espiritual o mística, pero nunca desligada de la experiencia cotidiana.

La suya no fue una poesía construida para el ruido.

Fue una poesía de permanencia.

Quizá por eso el paso de los años favoreció especialmente su obra. Frente a escrituras demasiado vinculadas a una moda estética determinada, Olalla fue construyendo lentamente un territorio reconocible. Entendía el poema como comunicación de una experiencia interior y sabía que la poesía exige tanto al escritor como al lector: la palabra poética no debía limitarse a describir una emoción, sino encontrar las imágenes capaces de convertir esa emoción privada en experiencia compartida.

Su actividad cultural fue también muy extensa. Presidió durante años la Asociación Española de Farmacéuticos de Letras y Artes y perteneció a distintas instituciones culturales y académicas. Fue académico correspondiente de la Real Academia de Farmacia de Cataluña y de la Institución Gran Duque de Alba, miembro del grupo de poesía interiorista Gerardo Diego y desarrolló una importante actividad como crítico y divulgador. Durante catorce años dirigió además la tertulia poética del Hogar de Ávila en Madrid, una dedicación que dice mucho de una personalidad literaria que nunca entendió la poesía únicamente desde la perspectiva de la propia obra.

Porque Olalla fue también un hombre que acompañó la poesía de los demás.

Especialmente significativa fue su larga relación con Ediciones Vitruvio. En la editorial aparecieron varios de sus libros y se recuperó en 2015 Doble luna de Marte, treinta años después de su primera publicación en Adonáis. Aquella reedición tenía algo más que un significado bibliográfico: permitía regresar al libro que había revelado públicamente al poeta y comprobar cuánto permanecía de aquel escritor joven en el hombre que había continuado escribiendo durante décadas.

Con Ediciones Vitruvio publicó también Más amor si más hubiera y otros títulos de su madurez, hasta llegar recientemente a Los cantos de Toribiano, una incursión en la memoria narrativa que puede leerse ahora, inevitablemente, bajo una luz distinta y que tramaos en esta revista con interés. En esas páginas Olalla regresaba a la infancia, a los veranos, a la familia, a los amigos y a los lugares que habían ido construyendo su biografía. Lo hacía mediante Toribiano, su alter ego y antiguo apodo familiar, y con una mezcla muy suya de serenidad, ironía y emoción contenida. Incluso cuando aparecían la enfermedad, la estancia en una UCI o la conciencia de la fragilidad física, rechazaba la grandilocuencia. Había aprendido algo que también estaba en el fondo de sus poemas: que la literatura no necesita levantar la voz para hablar de las cosas verdaderamente importantes.

Esa serenidad explica quizá la impresión que deja ahora su desaparición.

José Félix Olalla perteneció a una especie de escritores cada vez más necesaria: aquellos para quienes la literatura no consiste únicamente en publicar libros, sino en formar parte de una comunidad. Durante décadas estuvo presente en presentaciones, tertulias, premios, lecturas y conversaciones; leyendo a otros, presentando a otros, escuchando a otros. Su nombre quedó unido naturalmente al paisaje poético madrileño y a varias generaciones de escritores que encontraron en él a un compañero de viaje.

No buscó construir un personaje alrededor del poeta. Prefirió construir una obra.

Y esa obra queda.

Queda aquel joven que en 1985 llegó a la colección Adonáis con Doble luna de Marte. Queda el poeta maduro de Más amor si más hubiera. Queda el escritor que se preguntaba, con uno de sus títulos, ¿Quién leerá esto?. Y queda finalmente Toribiano, el hombre que vuelve la cabeza y contempla su propia vida con gratitud, consciente de que una existencia termina convirtiéndose en los lugares, las personas y las palabras que hemos amado.

Toda muerte modifica la lectura de una obra. Versos que ayer hablaban del tiempo comienzan de pronto a hablar de la ausencia. Los poemas sobre la memoria adquieren una inesperada condición testamentaria. Y determinados títulos parecen haber esperado pacientemente su significado definitivo.

Con José Félix Olalla ocurre algo semejante.

Su poesía habló durante más de cuatro décadas del tiempo que pasa, de aquello que desaparece y de aquello que, misteriosamente, permanece. Hoy sabemos que también estaba construyendo, libro a libro, su propia respuesta.

El poeta se ha ido.

Sus palabras, afortunadamente, no.

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