La ciudad vuelve a oler a tinta, a papel recién abierto y a árboles antiguos. Madrid, cuando llega la Feria del Libro, parece otra ciudad: más lenta, más humana, más parecida a la conversación. Bajo las sombras verdes de El Retiro, entre casetas que son pequeñas catedrales de cartón y sueños, la literatura vuelve a levantar su reino efímero. La 85ª edición de la Feria del Libro de Madrid se celebra este año del 29 de mayo al 14 de junio, con el humor como lema central bajo la consigna “Leer y reír: dos formas de resistir”.
La Feria continúa siendo el gran corazón editorial de España. Más de 350 casetas y cientos de autores convierten el Paseo de Coches en una geografía sentimental donde conviven las grandes editoriales, la poesía secreta, los lectores veteranos y los jóvenes que llegan buscando un libro que les cambie la vida.
Entre las novedades más comentadas de este año aparecen títulos como Joi, de Ángela Segovia; Las jefas, de Esther García Llovet; Perros de caza, de Borja Navarro; o Flecha de nosotros, de Mariano Peyrou, libros que la crítica y los libreros han situado entre los más destacados de la temporada. También resuenan nombres como Fernando Aramburu, Eduardo Mendoza o David Uclés, en una edición especialmente rica en narrativa contemporánea.
Pero esta Feria no ha olvidado nunca la poesía, y entre ellos hay libros que se están llenando este año de lectores. Entre ellos destaca Huérfano buscando el mar, de Pablo Méndez, un libro que ha ido creciendo hasta convertirse en uno de esos fenómenos extraños que todavía ocurren en la poesía: lectores que recomiendan lectores. El libro posee algo cada vez más difícil de encontrar: verdad emocional. Sus poemas avanzan desde la memoria, la pérdida y la intemperie, pero sin caer nunca en la impostura sentimental. Hay en sus páginas un temblor humano que conecta con una generación cansada del artificio y necesitada de una voz directa, herida y luminosa al mismo tiempo. La poesía de Méndez parece escrita desde una estación vacía, desde un hotel de madrugada o desde la infancia que nunca termina de abandonarnos.
También merece una atención especial Hijos del polvo, de Ignacio Eufemio Caballero, una obra de gran intensidad literaria donde la memoria colectiva y la fragilidad humana se convierten en materia narrativa. El libro se mueve entre la dureza y la belleza, entre la tierra y la desaparición, construyendo una atmósfera de enorme potencia simbólica. Caballero escribe con una prosa sobria, casi mineral, que recuerda por momentos a ciertos narradores de la tradición castellana más seca y más profunda.
Quizá eso sea precisamente lo más hermoso de la Feria del Libro de Madrid: que todavía permite descubrir libros fuera del ruido televisivo y exagerado. Uno entra buscando un nombre y sale con otro. Va a una firma y termina hablando media hora con un desconocido sobre un verso. La Feria sigue siendo, en un tiempo dominado por la velocidad, uno de los pocos lugares donde la cultura conserva algo de paseo, de conversación y de azar.
Madrid, durante estos días, no solo vende libros: se reconoce en ellos. Y entre las grandes novedades, las colas multitudinarias y las fotografías para redes sociales, siguen apareciendo —como cada año— esos libros que sobreviven al verano y permanecen después en la memoria del lector. Esos que no conseguimos olvidar.








