La otra tarde, buscando algo en un cajón de esos donde acaban guardadas las cosas que no saben dónde estar, encontré un cuadernito que llevaba años sin abrir. Tenía apuntes sueltos —cosas que había leído, frases que quería recordar, una lista de libros que alguien me había recomendado en una cena— y al leerlos me di cuenta de que no recordaba nada de lo que supuestamente había subrayado con tanta diligencia. Me acordé de ese cuadernito mientras leía La palabra mágica, el nuevo libro de Isabel Allende, que es exactamente eso: una vida de cuadernitos recogidos al final y abiertos con honestidad.
No es una novela. Tampoco es un manual de escritura al uso, aunque algunos libreros lo colocarán en esa estantería y no van del todo desencaminados. Es algo que resulta más raro y más difícil de hacer: una autobiografía del proceso creativo. Allende cuenta cómo escribe, sí, pero también cuenta los errores, los miedos, los libros que no funcionaron, las veces que se quedó parada sin saber cómo seguir.
Hay pasajes sobre el oficio de escribir que me han gustado mucho. No por los consejos —que los hay, y algunos son muy buenos— sino por la franqueza con que Allende los enmarca. Dice, por ejemplo, que escribe mal los primeros borradores. Lo dice así, sin paliativos, y explica que durante años eso le parecía un defecto hasta que entendió que era simplemente el principio.
Me ha llegado especialmente la parte sobre el duelo y la escritura. Allende escribió Paula tras la muerte de su hija. Lo que no sabía es cómo aquel libro cambió su forma de entender para qué sirve una historia. Aquí lo cuenta, y lo hace de una manera que no es lastimera ni solemne: es simplemente verdadera.
El libro tiene también sus momentos de exceso. Hay capítulos donde los consejos prácticos se alargan más de lo necesario. Pero lo que más brilla es Allende hablando de su vida como si fuera también un borrador que ha corregido muchas veces.
Merece la pena que se dejen encontrar por este libro, sobre todo quienes han leído a Allende durante años y se preguntan qué hay detrás de esas novelas. La respuesta es mucho trabajo, mucha corrección, y una convicción en el poder de las historias que, a su edad, sería fácil dar por supuesta pero que ella trata todavía como algo que hay que ganarse cada vez.
— Ángela de Claudia Soneira








